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Un día 11 de julio de hace muchos años...
Vicente Herrera Márquez
Al medio día de un
10 de julio, tal como dice el titulo, de hace muchos
años, el colectivo o pullman estaba estacionado en
el patio de la Empresa de Transportes Giobbi, en
Comodoro Rivadavia, República Argentina, esperando
ser abordado por más o menos una treintena de
pasajeros, los cuales todos tenían el mismo destino,
un pueblo enclavado en el centro de la pampa y en
medio del invierno: Las Heras.
Poco a poco comenzaron a llegar los pasajeros:
niños, chicas y chicos adolescentes, entre ellos el
que escribe estas líneas, mujeres, hombres jóvenes y
algunos que ya peinaban canas como la persona que
dirigía o hacía cabeza del grupo, puesto que se
preocupaba de distribuir las ubicaciones dentro del
colectivo y estaba pendiente de quienes llegaban y
se preocupaba por los que aún no lo hacían.
Este señor que dirigía, el de pelo canoso, no por
ello mayor o viejo, sino que joven, jovial e
inquieto era Eduardo Nicolás Bernal, un maestro, un
deportista, un dirigente que hacía algunos años
había llegado de la provincia de La Pampa y fue
adoptado por los fuertes lazos de la Patagonia y los
brazos de una mujer: Carmen Franco, justamente allá
donde nos dirigíamos: Las Heras.
Yo vivía, de alguna forma adoptado por ellos desde
que había fallecido mi padre, también en Las Heras.
En esos tiempos vivíamos en Comodoro Rivadavia donde
él era subdirector del diario “El Rivadavia”,
después de haber dejado el pueblo, como dos años
atrás, al poco tiempo de la caída del gobierno de
Juan D. Perón.
Bueno, volvamos al viaje, los primeros asientos
fueron ocupados por él mismo, Carmen su esposa, Lily
su hermana, Noemí, Eva y Amelia sus hijas, Jovita
una chica de Las Heras que estudiaba en Comodoro y
vivía con ellos.
Más atrás otras personas conocidas que también eran
del pueblo y ahora vivían en la urbe sureña.
Los últimos en llegar y que ocuparon los asientos de
la mitad posterior del pullman fue un grupo como de
diez personas que cargaban equipaje muy especial,
pues sus valijas semejaban instrumentos de música,
todos vestían en forma descuidada, lo contrario de
nosotros que lucíamos nuestra mejor pinta. Eso sí,
todos íbamos muy bien abrigados, pues el invierno
era duro en aquellas latitudes, hoy estoy lejos de
allí y por lo que leo ahora los inviernos no son tan
rigurosos.
Nosotros prácticamente no llevábamos equipaje, solo
bolsos de viaje, algunos paquetes con envoltorios
vistosos y flores, unos cuantos y grandes ramos de
flores.
Como a la una de tarde partió el bus, con día
nublado y amenazante, rumbo al interior de la
Patagonia y al interior de nuestras vidas y su
pasado reciente.
Pensábamos llegar entre cinco y seis de la tarde,
para poder descansar un poco del viaje, ya que la
noche iba a ser larga y al día siguiente teníamos
que volver a Comodoro después de haber asistido y
haber participado en la ceremonia que nos convocaba.
En ese tiempo los caminos eran difíciles, lentos e
impredecibles, impredecibles por las condiciones de
tiempo que nos podían tocar, puesto que los
pronósticos eran presunciones y no certezas
satelitales como tenemos hoy. Una de esas
presunciones falló y en Pampa del Castillo una
fuerte nevada fue nuestra compañera de viaje, la que
hacía más lento el desplazamiento.
Como a treinta kilómetros de Las Heras, ya no
nevaba, pero el camino era un lodazal y de un
momento para otro, allí quedamos empantanados y
parecía por la cara del chofer que iba a ser muy
difícil salir. Todos los hombres mayores, mayores
que yo, bajaron y comenzaron a empujar la máquina,
la que después de titánicos esfuerzos e
interminables minutos pudo escapar de aquella
trampa. Ya en terreno mas firme, ya más aliviados,
pensamos que íbamos a alcanzar a llegar, tarde pero
íbamos a llegar a tiempo.
Como con tres horas de retraso, como a las ocho, con
una noche bien negra, apenas rasgada por los débiles
faroles de las desiertas calles del pueblo, con
cierto alivio nos detuvimos en un lugar donde había
bastante gente esperándonos. Todos sobria y
elegantemente vestidos.
Allí estaban los
Arresse, los Fernandez, los García, los Soto, los
Barría, los Fuentes, los Alvarez, los Burgos, los
Leuquén, los Parra, los Iparraguirre, los Bardón,
los Muñoz, los LLamazares, los Chaín, los Totino,
los Goudiño, los Peña, los Castro, los Figueroa, los
Garriga, los Franco, los Payahuala, los Cheuquepán,
los Segura, los González, los Rodríguez, los Peñalba,
los Etchepare, los Pródomo, los Inchauztegui, los
Nacchi, los Tucci, los Méndez, los Duarte... estaban
todos.
Después de saludos, de abrazos, de bajar los
paquetes que llevábamos, haber colocado en distintas
partes del amplio salón, todas las flores que
cargamos en Comodoro y que impregnaron el ambiente
con perfume de claveles y después de haber tomado un
café bien caliente, todo esto más o menos en un
lapso de media hora, todos quedamos en silencio...
Se escucharon acordes musicales, eran los muchachos
de equipaje musical, los mismos que hacía pocas
horas con el barro hasta las rodillas liberaban el
colectivo del lodazal y ahora con trajes de luces,
que no me pude explicar de donde los sacaron,
llenaban con baiones, tangos, milongas, pasodobles,
valses y otros ritmos de moda el amplio salón, salón
que era la sede del Club Deportivo Las Heras, donde
en ese preciso momento se iniciaba con alegría la
celebración de un año más de aquel pueblo enclavado
en la mitad de la Patagonia y hoy en el centro de mi
recuerdo.
Al día siguiente 11 de julio, día de la fundación
del pueblo, por la tarde cansados o no, con lluvia o
con nieve, con sol o con viento teníamos que volver
a Comodoro.
La orquesta se
llamaba Ritmo y Juventud y estaba de moda en
Comodoro.
Hoy digo que nadie nos puede quitar lo comido, lo
bailado y lo vivido.
Incluido en libro:
Crónicas al viento
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