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¡Tres hurras por Feña Arrieta!<
Vicente Herrera Márquez
Hoy aquí quiero escribir de viejos. Quiero comenzar diciendo que viejo
para mí no es sinónimo de avanzada edad, de edad dorada, de tercera o
cuarta etapa de la vida, lo que considero que sólo son eufemismos para
adornar o disfrazar lo que no se quiere decir, aunque son términos que
acepto y también uso.. Sí, categóricamente afirmo que de ninguna forma o
en cualquier circunstancia voy a considerar esa etapa de la vida como
obsolescencia y/o decrepitud.
Prefiero dividir las etapas de nosotros los humanos en Niño, Joven,
Adulto y Viejo, prolongando la llamada adultez como una etapa extendida
de joven a viejo y considerarla o denominarla simplemente como
Transición adulta, que puede durar poco o mucho o mejor dicho lo que
cada uno considere que debe durar..
Dicho lo anterior paso a describir tanto al Viejo como a los Viejos que
me llevan a publicar este largo relatoel cual voy a dividir en cuatro
partes,
……….
Viejos
Viejos hay muchos. Hay viejos buenos, viejos lindos, viejos feos; hay
viejos cascarrabias, viejos mañosos, viejos testarudos; hay otros que
son pillos, ladinos o astutos; los hay verdes y lachos, picados de la
araña. También están los viejitos simpáticos, los viejitos amorosos,
además no debemos olvidar a los viejitos o Viejos Pascueros que aparecen
para Navidad. Bueno, la verdad es que existen viejos de muchos tipos y
por si esto fuera poco en Chile también tenemos viejos “conch… de su
madre”, lo que quiere decir con mucho de sus madres, a los que por lo
general se les dice “viejos tal por cual” para no herir ascendencia
familiar.
Pero hay un tipo de viejos, que no necesariamente peinan canas, ni lucen añosas arrugas; pueden portar cédulas de identidad con pocos o con muchos dígitos, pueden ser imberbes de tez lozana o de ceñudos rostros con piel ajada, curtida por el tiempo y muchos soles. Pueden contar nietos con los dedos de ambas manos e incluso muchos hasta pueden ser vírgenes; pueden haber vivido dieciocho o sesenta años, pero igual todos son “viejos” o “Viejos”. Sí, así, con mayúscula, según sea el contexto en el que de ellos se exprese o se escriba.
Estos personajes de los que escribo pertenecen a una casta muy exclusiva de Viejos. Son los trabajadores de la construcción a los que así se les denomina. Dentro de ese gran conglomerado existe una rama muy especial que son los Viejos faeneros.
Los Viejos faeneros son aquellos excavadores, cargadores, carpinteros, albañiles, pintores, electricistas, mecánicos, maquinistas, choferes, y muchos otros que siendo maestros, ayudantes, jornaleros o aprendices; en el sur o en el norte, en desierto o cordillera, en invierno o en verano construyen un puente o un muelle; una línea eléctrica de alta tensión o un gasoducto; una carretera o una central eléctrica, una instalación minera o una fundición; un observatorio astronómico o una represa. Son los que realmente fundan los cimientos de una patria a la vez que erigen las estructuras de un país sin hacer aspavientos por ello, ni reclamar su derecho de aparecer en las páginas de la Historia. Tampoco esperan ni exigen más reconocimiento que el que le otorgan las leyes que eventualmente pueden ser incrementados por peticiones sindicales o la voluntad de sus patrones implementados como bonos y/o premios.
Característica de estos trabajadores es que en su gran mayoría realizan estas labores lejos del hogar y la familia; durante largas jornadas de trabajo, con unas muy cortas de descanso, con viajes en medios de transporte terrestre, muchas veces de más de veinte horas para la “bajada” u otras tantas para la “subida”, tiempo que se imputa a la jornada de descanso. Privilegiados son aquellos que hacen estos viajes en avión.
Generalmente no están en su hogar cuando nacen sus hijos o cuando fallece un familiar o amigo. Tampoco en las fechas importantes, como cumpleaños, graduaciones, enfermedades u otras situaciones. Su mujer, sola, tiene que afrontar todos los momentos difíciles, solucionar los problemas, de los hijos y de la casa. También una casta muy, pero muy especial, es la mujer del viejo faenero.
Muchas de estas faenas son de alto riesgo, sea por las condiciones de terreno, por las características inherentes a la obra e incluyendo en ello los riesgos propios del transporte. No son pocos los viejos, independientemente de la edad, los que han quedado en el camino por; una explosión, un derrumbe, una colisión, un vuelco, un imprevisto, un error, como también a veces un infarto en lugares alejados e inhóspitos. Muchos han vuelto dentro de una urna en el compartimento de equipaje de un avión o de un ómnibus. Por ello es que muchas veces el viejo faenero retorna a su hogar solo para que depositen su vida truncada y sus huesos cansados en el cementerio del pueblo natal.
A ustedes, viejos de la construcción. A ustedes, viejos faeneros; quiero rendirles un humilde tributo con relatos en que mezclo historias, anécdotas, situaciones vividas, hechos reales con un poco de ficción, es decir una mezcla de realidad revestida con algo de fantasía. Todo vivido con ustedes, por espacio de treinta años, compartiendo épocas buenas como también malas; momentos penosos, también alegres; asados flacos con vino corriente en garrafa, pero no olvidemos aquellos “gooordos” con vino embotellado de etiquetas doradas y negras, esto es: unos en épocas de “vacas gordas”, otros en épocas de “vacas flacas”
Feña
Fernando Arrieta, Ingeniero, administrador de muchos proyectos de construcción de centrales y líneas eléctricas a lo largo de todo el país, era un profesional considerado y requerido tanto por ejecutivos como dueños de todas las empresas del rubro, por sus conocimientos unidos a su experiencia en obras de este tipo; sobre todo en la década de los años de los mil novecientos ochenta y noventa, auge de las instalaciones mineras, para extracción de cobre, en el norte del país.
F. Arrieta (Feña para los más cercanos) además era conocido, mentado e incluso muy querido por casi todos, por no decir todos, los viejos faeneros de esta especialidad: excavadores, concreteros, carpinteros, enfierradores, estructureros, montadores, linieros, operadores, es decir: todo un universos de Viejos faeneros.
Conocido porque casi todos, en más de una ocasión, habían trabajado bajo sus órdenes, ya que en este trabajo, todos se conocen por el hecho de que se van encontrando en distintas obras a la vez que alternando en distintas empresas.
Mentado, porque no había reunión de viejos donde no se comentara de los asados o reuniones de camaradería con comilonas que organizaba para festejar el término de una obra, el cumplimiento de una etapa o aquella reunión de trago y baile en algún establecimiento de esos que por lo general nunca faltan cerca o no tanto de los lugares de faenas; los cuales en ocasiones cerraban sus puertas para atender solamente a Don Feña, sus colegas y sus viejos, hasta altas horas de la noche; olvidando que a las siete de la mañana había que trabajar. Pero a las siete allí estaban, en el frente de trabajo, trasnochados, pero dispuestos a cumplir las metas, las que a pesar de todo se cumplían; lo que ameritaba otro festejo. Además otorgaba buenos tratos económicos como premios que estimulaban a todos sus esforzados viejos.
Y lo de querido, huelga explicarlo.
Todos los viejos siempre preguntaban en que obra estaba Don Feña, pensando en la posibilidad de trabajar con él para gozar de los buenos tratos monetarios, de su familiar trato personal incluyendo los excelentes asados; ya que aunque la obra no tuviera el avance esperado o se presentaran problemas que entorpecieran el desenvolvimiento programado, igual se realizaban estos festejos con la intención de “matar el chuncho” o sea espantar a la mala suerte.
Renegando por el desierto
Por allá por el verano de uno de los primeros años de la década de los
noventa, siendo Supervisor de Materiales y Equipos de una conocida
Empresa de Ingeniería Eléctrica, tuve que realizar un viaje de trabajo a
una faena, en la que estábamos construyendo líneas de alta tensión para
una compañía minera “Escondida” entre los desniveles del desierto
escalando cordillera, en la Segunda Región del país.
El Gerente Técnico de la empresa, un señor bonachón pero exigente, de ascendencia y apellido alemán, además de jefe también amigo, viajó ese mismo día a la misma faena, él iba a supervisar además del avance de la obra a reemplazar por su período de descanso al Administrador Jefe, otro compañero-amigo que desde hacía un par de meses, había reemplazado al ingeniero anterior que fue destinado a la administración de otra obra del mismo rubro: Fernando Arrieta.
Yo ya llevaba varios años trabajando en la empresa con el mismo cargo, pero nunca había visitado obras alejadas de la capital, solamente aquellas cercanas en las que podía ir temprano para volver por la tarde. Tenía que enviar un vehículo de doble tracción, más un set de instrumentos de topografía e implementos de seguridad que me habían solicitado desde terreno, así que deseché viajar en avión con el Gerente para llevar yo mismo el 4x4. El norte para mí era completamente desconocido, por lo tanto este viaje lo consideré como una real aventura.
Mi jefe tenía que realizar varios trámites en Antofagasta, por ello lo más probable era que viajara a la mina por la noche, por lo tanto el día anterior cuando nos despedimos le aposté, si mal no recuerdo, una botella de whisky, que al otro día llegaría a la mina, prácticamente a la misma hora que él. Me aseguró que aunque yo partiera de Santiago a las tres de la mañana ¡Ni ca… llegaba esa noche! Además, como conocedor o más bien viejo zorro del desierto, sobre todo sabiendo de mi ignorancia en conducir por esos parajes me dio varios consejos, por ejemplo: indicándome cuales eran los lugares en los que podía exceder el límite de velocidad sin arriesgar una multa, también los mejores lugares para comer, agregando otras recomendaciones, entre ellas una que me llamó la atención; calculó más o menos donde podría yo estar cuando me diera la noche para seguidamente decirme que cuando fuera conduciendo bajo un túnel de árboles, buscara un lugar despejado entre ellos, saliera de la carretera, buscara un lugar apropiado en el bosque para que tranquilamente me pusiera a dormir; sonreí ante esta recomendación que la tomé como broma irónica, ¡Arboles en el desierto!
Temprano, de madrugada, como a las cinco atravesé Santiago, tomé la Panamerocana o Ruta 5, enfilando rumbo al norte.
Comencé a contar, sumar y calcular de acuerdo al kilometraje que indicaba la guía de carreteras, de la cual me había premunido, a qué hora iba a estar en cada ciudad por las que tenía que pasar.
En Los Vilos una taza de café bien cargado acompañado a un contundente
sándwich de pernil de cerdo
Cuando subí al jeep se me acercó un carabinero, el cual después de un
afectuoso saludo y preguntarme hacia donde me dirigían me pidió que lo
llevara hasta Coquimbo, por supuesto que accedí a su petición, sólo
pensé que no podría exceder el límite de velocidad justamente en uno
de los tramos en los cuales el viejo zorro me recomendó que podía
correr sin temor a multa. Pero no fue así, el carabinero me ayudó a
apretar el acelerador a fondo; porque tenía que estar a una hora
determinada en Coquimbo, pero por dormir más de la cuenta no alcanzó a
tomar un autobús más temprano. Iba bien atrasado.
Luego de dejar a mi acompañante atrasado en Coquimbo seguí hasta la ciudad de La Serena unos pocos kilómetros más adelante para detenerme a almorzar. Medio día y tres cuarto de hora, tiempo para rellenar estanque de combustible, rellenar el estómago del conductor mientras descansaba un poco el motor. Luego reinicio en marcha lenta para conocer algo de esa hermosa ciudad… tan sólo por ambos lados de la carretera.
Seguir sumando kilómetros, dejando atrás pueblitos como Cachiyuyo, famoso por un teléfono rural, favorecido como uno de los pocos pueblos que en esos años contaban con este servicio, por eso la propaganda famosa de: este pequeño caserío conectado al país y al mundo.
Media tarde, Copiapó, media hora, tiempo para comprar unas bebidas, unas galletas, pasar al baño a alivianar la carga para seguir avanzando buscando el norte.
Ya con el sol hundiéndose en el mar otra ciudad importante: Chañaral. Otra vez rellenar estanques, uno con gasolina el otro con café e inmediatamente proseguir en demanda de la meta. Mientras, seguía contando sumando y restando… por el resultado de las cuentas pensé que era muy posible que perdiera la botella de whisky.
Agua Verde, último lugar poblado con provisión de agua y gasolina antes de alcanzar el destino que era la mina de cobre donde estaba la faena. Las diez de la noche… muchos, muchos kilómetros aún por recorrer.
Aquí, aunque el marcador me indicaba buen nivel de gasolina igual rellené estanque, también llené los dos bidones metálicos de 20 litros que siempre llevan este tipo de vehículos para emergencias. Esto fue una de las recomendaciones de mi jefe, puesto que la distancia para llegar desde este punto a la mina es grande, por lo que es común encontrar a medio camino conductores, incluso experimentados, esperando el paso de otro más previsor.
Rápidamente arriba del jeep a conducir acelerando, no quería perder la apuesta, que además tenía que ser una marca muy conocida con varios años de añejamiento, pero no necesitaba sacar más cuentas para saber que ya estaba perdida la botella de Chivas. (En ese tiempo esa marca era una de las más caras, en cambio hoy está al alcance de cualquier bolsillo)
Ya medianoche comencé a sentir el frío de la pampa. Según los cálculos que hice mentalmente me faltaba para llegar más o menos doscientos kilómetros, lo que me hizo recordar otra de las recomendaciones del jefe, la cual era que si llegaba más allá de una hora determinada al ingreso de la mina, no me permitirían la entrada hasta el otro día, por lo tanto tendría que dormir en el jeep y soportar el intenso frío que en esas alturas puede sobrepasar los diez grados bajo cero, por lo tanto comencé a pensar en detenerme.
Seguí conduciendo un poco más por la noche entre la neblina cuando de
repente… después de un largo
bostezo
me doy cuenta que voy pasando bajo un oscuro túnel de enormes
árboles, otra vez me acordé del viejo zorro del desierto.
Busqué una salida en un claro del bosque, estacioné entre los árboles,
detuve el motor, puse seguros en las puertas y sin más me envolví con un
par de frazadas que llevaba a la mano por si acaso. Dormí arrullado por
el silencio de la noche, en medio de un tupido bosque del desierto más
árido del mundo.
Desperté por el ruido de un camión de transporte, cargado con automóviles que transitaba por la carretera con dirección al sur. Ya despuntaba el alba y para mi sorpresa, no había túnel, no había bosque, no había árboles, no había nada; algo o alguien los había talado mientras yo dormía. Todo era desierto, puro e inmenso desierto.
Salí del jeep, sentí un frío cortante en mi rostro el cual no fue impedimento para que al mirar en lontananza quedara yo como hipnotizado por la bastedad del desierto con su inhóspita belleza envuelta en un elocuente silencio. Observé los cerros que vestidos unos de grises, otros de distintos tonos marrones, se recortaban contra el horizonte marcado por los reflejos de la aurora, semejando animales prehistóricos que despertaban de un largo letargo invernal.
Encendí el motor. Mientras éste se calentaba me afeité, me lavé la cara y tomé un tazón de café caliente con el agua del termo que había llenado junto con los bidones de gasolina en Agua Verde. Por última vez miré en rededor buscando vestigios del bosque que así como se me apareció igual desapareció. Partí en demanda de mi meta que calculé a cuatro horas de camino, pavimento y tierra a velocidad moderada, para no llegar muy temprano, además para llenar mi vista con aquella inmensidad carente de vida tanto animal como vegetal.
Poco más de una hora, un cruce llamado Las Primas, un parador solitario para camioneros hambrientos y sedientos, tomé desayuno con un grupo de ellos, alguien mencionó el túnel de árboles, no quise preguntar pero, por lo menos, quedé conforme al saber que no era yo el único que alucinaba.
Aquí un letrero indicaba al Este la distancia que aún me faltaba recorrer. Camino de tierra para seguir subiendo en busca de la mina “escondida” entre los cerros del desierto.
Después de recorrer una buena distancia ya internado por sinuosos caminos de montaña miré el nivel de gasolina en el estanque, calculé que me alcanzaba y sobraba para llegar a destino, se había equivocado el viejo conocedor de aquellos parajes.
Pero realmente no se había equivocado, dado que al poco andar una Toyota Hylux sin gasolina, diez kilómetros más allá una Luv doble tracción esperando ayuda y a pocos kilómetros de llegar una Nissan último modelo completamente equipada con el mismo problema. Característica común: todos los conductores usábamos casco blanco. Mi viejo Renegado no necesitó de los bidones, pero vaya que sirvieron para aquellos que no tuvieron la precaución que yo tuve, gracias a la recomendación de aquel zorro diablo que tenía como jefe.
Llegué en el tiempo calculado temprano en la mañana, sin dejar de pensar en la apuesta perdida y en aquel refrán que dice: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”.
Una semana permanecí en la obra supervisando lo relativo a mi labor dentro de la empresa, pero además conociendo en el terreno mismo el sacrificado trabajo de los viejos, que con su esfuerzo no solo ganan su sustento, sino que, también contribuyen al del gerente, al del administrador, al de Feña Arrieta y por lógica también al mío.
Mi jefe, Gerente Técnico y amigo algunos de esos días me llevó a recorrer toda la extensión de la línea eléctrica que estábamos construyendo entre cerros, planicies y salares con el marco del volcán Llullaillaco, considerado el segundo volcán activo más alto del mundo. Todos los días salíamos cuando el sol llegaba para volver al campamento cuando ya se estaba yendo, así era, en esos tiempos, el trabajo en faena; de sol a sol, de lunes a lunes, no hay domingos ni festivos, no hay calendario; solo fechas de bajada o de subida más las de término de obra. Es para sacarse el sombrero delante de estos trabajadores, incluyendo en ellos no solo maestros y ayudantes, sino que también todos los profesionales que dirigen, controlan, supervisan y administran una obra; es decir desde el administrador general hasta el más anónimo jornalero.
Al anochecer después del baño reparador y una buena comida, el jefe me invitaba a un trago para paliar el frío de la noche, pretexto, ya que los campamentos mineros están muy bien equipados, en ellos los casinos, dormitorios y otros servicios anexos son de primer orden, pero todo campamento es zona seca, es decir, terminantemente prohibido el alcohol.
Olvidando aquella norma tan estricta, igual todas las noches el jefe me invitaba un trago como bajativo, llegando al dormitorio me preguntaba que apetecía puesto que tenía varias alternativas: whisky, ron, coñac, licor de cacao, de menta más varios otros. Mientras yo pensaba en cual elegía, de su velador sacaba una caja casi repleta de caramelos rellenos con licor. Excelente bar.
Quiero aclarar que lo de renegando no es porque yo fuera enojado o blasfemando contra el desierto. No, no de ninguna manera no, sino que todo lo contrario, ya que el desierto con su vastedad panorámica e inhóspita me atrapó y maravillo. Era porque el vehículo 4x4 que iba conduciendo era un Jeep Renegado de los años 80 que además debo reconocer que se portó muy bien en ese raid de poco más de1300 kilómetros.
Regreso a Santiago
Cuando llegó el día que debía retornar a Santiago, el jefe
administrativo de la obra me ofreció viajar en avión o en ómnibus
salón-cama, yo sabiendo que salía un trasporte terrestre con retorno de
trabajadores le manifesté que quería viajar con ellos, me miró
seriamente preguntando si realmente estaba seguro de ello, como yo
asentí me respondió que si esa era mi decisión él simplemente la
acataba, con el compromiso que yo después lo llamara contándole como
había estado el retorno a Santiago. .
A las siete de la mañana de un día domingo, un bus de transporte interno dentro de la faena, nos llevó desde la mina hasta el cruce con la carretera donde estaba el restaurante de Las Primas.
Aquí abordamos un bus de recorrido interprovincial de una de las más importantes flotas de transporte que realizan este servicio. El conductor, un auxiliar, cuarenta viejos faeneros y yo, dos horas antes de mediodía, con rumbo al sur, para llegar a las nueve de la mañana del otro día a la capital.
En el viaje de la mina hasta el cruce los viejos lo hicieron en relativo silencio, al parecer cansados, aún con sueño o quizás por el hecho de ir viajando en un medio de faena, lo que aún los hacía sentirse dentro de ella, razón por la cual no tenían aún la sensación de ir de regreso a Santiago.
En cuanto hicimos trasbordo de máquina y partimos de Las Primas el ánimo cambió. Todos hablaban, cantaban, se reían, contaban chistes, todo dentro de un marco de sana camaradería compartida con alegría, pensando que al otro día estarían abrazando a su mujer e hijos los casados, a sus pololas o novias los solteros, lo mismo que los abuelos a sus nietos.
Yo iba sentado en uno de los primeros asientos, junto a un maestro que no conocía, con el cual comenzamos a intercambiar experiencias de otras obras anteriores en otros lugares y con otras personas de común conocimiento. Ambos reíamos festejando los chistes o tallas de los viejos, como también lo hacían el conductor con su ayudante; este último además atendía solícito cualquier requerimiento de los pasajeros.
Entre las tallas, varias de ellas, un poco veladas algunas como otras más directas, iban dirigidas a mí, ante lo cual no me quedaba otra que sonreír y hacerme parte de aquella diversión.
En cierto punto del camino, algunas características del entorno, me trajeron a la memoria aquel túnel de árboles que me había hecho detener una semana atrás, miré el horizonte al cual el brillante sol le daba formas cambiantes, observé el ondulante pavimento de la carretera al frente y me dije: no era hora de imaginar viendo las grandes lagunas que nos rodeaban. ¿Lagunas ahora? Ya estaba alucinando otra vez atrapado por la magia del desierto..
Como a las tres de la tarde arribamos a Chañaral, abrazados por un calor sofocante, calor que no habíamos sentido gracias al aire acondicionado del bus.
Una hora para almorzar, anunció el conductor; que había detenido su máquina frente a un restaurante, hecho que inmediatamente causó revuelo dentro del mismo al ver entrar esa legión de viejos faeneros que venían bajando, más sedientos que hambrientos, después de la aventura de semanas en la montaña, la travesía por el desierto y además con platita en el bolsillo.
Inmediatamente comenzaron los pedidos: cazuelas de ave o vacuno por un lado; pescado frito por otro, pastel de choclo por aquí, una paila marina por allá. Más de alguno pidió un buen bife a lo pobre; pero todos pedían, lo cual me llamó la atención, botellas de bebidas gaseosas de las más grandes, incluso de dos litros. Parece que era grande la sed.
Me ubiqué en una mesa, junto con mi compañero de asiento, un par de capataces, un topógrafo y un corpulento operador de camión grúa, que tiempo atrás había trabajado conmigo, como chofer de adquisiciones en la oficina central.
Todos pidieron más o menos lo mismo de las otras mesas, yo me tenté con un gran trozo de congrio frito acompañado con un buen plato de ensalada a la chilena. Todos en la mesa también pidieron gaseosas, solo que en botellas individuales. Yo con un poco de reticencia me atreví a pedir una cerveza de tamaño normal; al escuchar mi pedido, un capataz, el topógrafo y mi compañero de asiento, cambiaron de opinión para también pedir cerveza; eso sí, la mezclaron con gaseosa fanta naranja o sea fanchop. El operador, que había trabajado conmigo en la oficina central, fue el único de los cuarenta viejos que pidió agua mineral.
El almuerzo transcurrió entre tallas, risas y brindis con Coca-Cola, Fanta, Bilz, Papaya y otras bebidas gaseosas; solo yo con algunos de mis compañeros de mesa lo hacíamos con cerveza, en mi caso con un poco de vergüenza ante tanto abstemio.
Transcurrida la hora, el conductor ya estaba en su puesto esperando que subieran los pasajeros. Fui uno de los primeros en ocupar mi asiento. El conductor quiso decirme algo, pero en ese momento comenzaron a subir todos los viejos. Me llamó la atención que todos iban premunidos de una o dos botellas grandes de gaseosas. Debe ser grande la deshidratación que produce el estar veinte, treinta, y hasta cuarenta días en la agotadora faena. Todos se veían satisfechos, algunos subían con una sonrisa un poco forzada y ojos somnolientos, pensé que debía ser por el calor de la tarde o el opíparo almuerzo consumido, lo que aplacó los bríos anteriores a la detención en aquel restaurante.
Como a las cinco de la tarde, con un sol sofocante, el bus de nuevo avanzado con rumbo sur por la Panamericana en pos de su destino: Santiago.
Alrededor de una hora duró, lo que parecía siesta. Durante ese tiempo, mi vecino de asiento realizó un par de viajes a la parte posterior del bus. El conductor varias veces intercambiaba palabras con su ayudante mirando a los pasajeros por el espejo retrovisor. Poco a poco se comenzaron a escuchar murmullos, que fueron subiendo de volumen hasta convertirse en algarabía más estridente que la de la mañana.
Pero había algo en el ambiente, que la hacía distinta. El tono de las palabras, el tenor de la conversación, el calibre de las tallas y un tufillo en el aire que no era precisamente a Bilz, Fanta, Papaya u otra bebida gaseosa de las que habían subido en Chañaral.
En una de las vueltas de mi compañero, que regresó sonriente, acercándose a mí para que lo oyera, algo me comentó: Cuando me habló, su aliento me llevó a la realidad; recién me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Miré al conductor, el cual para mi sorpresa me estaba mirando a través de su espejo y me hizo un gesto de asentimiento. En ese momento me acordé que cuando subimos después del almuerzo, algo había querido decirme. Pues esto era.
Las botellas tenían el color de la bebida original pero el contenido era por lo menos un cincuenta por ciento pisco, vino o cerveza; mi vecino me comentó que en el almuerzo las bebidas también eran camufladas. Pensar que a mí me dio vergüenza pedir cerveza ante tanto abstemio; me reí para mis adentros.
Me puse de pie, mirando a todos los viejos, varios me saludaron con un: ¡Salud jefe! Levantando sus botellas. Les contesté elevando mi lata de Coca-Cola Light y ahí comenzó la fiesta, parece que el que yo dijera salud era el detonante que faltaba.
La algarabía fue total, chistes, tallas de todo tipo y calibre, risas, cantos a coro, gritos animando a brindar. Brindis por todo, por todos, por cada uno de ellos, por el conductor del bus, por el auxiliar, por mí, por cada uno de sus jefes y con mayor entusiasmo por… ¿Por quién? ¡Por Feña Arrieta! Por supuesto que Fernando, aún sin tener idea de esta fiesta, no podía estar ausente..
Otra entretención que inventaron, la cual no me pareció muy atinada; consistía en llamar al auxiliar con cualquier pretexto y cuando éste recorría el pasillo lo tocaban por todas partes, sobretodo sus partes púdicas, lo cual exacerbaba aún más los ánimos caldeados por el alcohol.
Mi compañero ya no hacía viajes a la parte posterior, en algún momento trató de justificar el comportamiento de sus compañeros; después cerró los ojos para dormir, pero yo me daba cuenta que no era así porque a cada talla u ocurrencia de los demás sonreía con los ojos cerrados, simulando estar en un sueño profundo.
Ya con las últimas luces del día comenzamos a descender una cuesta con gran cantidad de curvas de pendientes pronunciadas. Fue en ese momento cuando no se les ocurrió nada mejor que comenzar a saltar desplazándose por el pasillo. Dos de ellos premunidos con sendas cámaras fotográficas capturaban poses, momentos y escenas para el recuerdo. Esto de las fotografías era entretenido, pero dejó de serlo cuando en el preciso momento en que el bus tomaba una curva cerrada alguien ordenaba con gritos que todos se corrieran atrás, luego adelante, a un costado o al otro, esto en repetidas ocasiones justo en cada una de las curvas de la cuesta. En cada movimiento tomaban una fotografía lo que además ponía en peligro la estabilidad del bus. Yo miraba al conductor, que con dientes apretados y con el volante firmemente asido, hervía por dentro. El auxiliar se aferraba a su asiento preocupado.
Cuando salimos de la cuesta, ya oscuro, los ánimos se calmaron un poco, parece que las curvas los excitaban. Era que no, a mí también me excitan las curvas, pero no éstas, ni en estas circunstancias.
En esos momentos fui al baño, ya no podía contener la cerveza que había tomado con vergüenza en Chañaral; mejor no hubiera ido, ahora me invadió otra vergüenza que sería largo de explicar y quizá no viene al caso. Es de imaginar en que estado estaban tanto el bus como el baño en ese momento.
Al poco rato el alboroto continuo, ahora las botellas de plástico vacías eran proyectiles. Le pedían a gritos, al conductor, que encendiera las luces interiores. Este no las encendía, seguramente pensando que la oscuridad podría traer el sueño y calmar a los exaltados viejos.
Noche oscura sin Luna pero completamente estrellada como siempre son en el norte de Chile, como a las diez entramos al terminal de la ciudad de Copiapó, mitad de camino a nuestro destino.
Bajó el auxiliar, el chofer permaneció en su asiento manteniendo la puerta cerrada para que nadie bajara, sabiendo que si lo hacían sería para reabastecerse de la bulliciosa, molesta y dañina mezcla etílica.
Aquí comenzó una discusión entre el conductor y varios viejos que querían bajar con cualquier pretexto, pero aquél se mantuvo firme en no acatar el pedido insistente de abrir la puerta.
De repente desde la parte posterior, como un energúmeno, ojos inyectados en sangre gesticulando con voz áspera trabada por el alcohol, arremetió un viejo corpulento alegando que ellos eran los que decidían lo que hacían, ya que para eso pagaban pasaje de primera clase, alegando que incluso el mismo podía reemplazarlo y conducir ell bus. Esto era un verdadero motín en a bordo. En su actitud se notaba que su intención era pegarle al conductor. Este se puso de pie esperando firme al agresor, dispuesto a defenderse.
Aquello rebasó mi paciencia y de un salto me interpuse entre los dos dispuesto a terminar con aquella situación, antes que el conductor o el auxiliar que estaba abajo requirieran la asistencia de la fuerza policial.
Cuando estuve entre los dos me di cuenta que el energúmeno era mi viejo conocido, era aquel mismo operador que había tenido como chofer de adquisiciones en Santiago y que en la mesa que compartimos en Chañaral acompaño su almuerzo con agua mineral.
Apelando a nuestra antigua relación de trabajo y hablando más fuerte que él, logré calmarlo. Dos maestros antiguos en la empresa a los que yo conocía bien desde hace años que no habían participado de la jarana de los demás, me ayudaron a llevarlo a su asiento.
Luego de esto, aprovechando el silencio que se produjo, levantando la voz para que todos me oyeran, les pedí me escucharan. Les expliqué que en el bus, estando fuera de la faena y no siendo éste de nuestra empresa, carecía yo de toda autoridad para llamarles la atención o tomar alguna medida en contra de ellos, pero que como como compañero de trabajo me sentía con la obligación de exigirles el respeto correspondiente para el conductor, el auxiliar como así también para aquellos pocos que no participaban de su escándalo y no se atrevían a llamarlos a la cordura. Además que si alguien tenía autoridad dentro del bus, éste era su conductor el que tenía todo el derecho de llamar a Carabineros para hacer bajar e incluso detener al que estuviera violando las normas para este tipo de servicio. Incluso amenacé con hacer valer mi cargo dentro de la empresa para tomar alguna medida en contra de aquel que continuara provocando desorden.
Todos en su asiento, el silencio fue total. Volvió el auxiliar. Gracias amigo, me dijo el conductor. Salimos de Copiapó, tomando carretera y buscando Santiago que aún estaba lejos.
Solamente algunos murmullos de alguien que mencionaba que esto más se parecía a una cárcel y no un a bus de transporte de trabajadores que pagaban su pasaje. Luego silencio, sólo respiraciones acompasadas interrumpidas cada tanto con fuertes ronquidos.
Yo nunca he podido dormir viajando, menos en estas circunstancias.
Cuatro de la mañana, terminal de La Serena, cuarenta viejos faeneros profundamente dormidos. El conductor, el auxiliar y yo bajamos, fuimos al baño, tomamos café bien cargado, caliente y reponedor. El auxiliar subió una caja con sándwiches, varios termos con agua caliente, vasos desechables, sobres de café y de té para el desayuno de los pasajeros. Todo esto en veinte minutos. Próxima parada: Santiago.
A la altura de Los Vilos ya se insinuaba el nuevo día, pronto los primeros rayos de sol comenzaron a despertar a los pasajeros, algunos murmullos y de pronto desde el fondo del bus, terminando de despertar a los que querían seguir durmiendo, una voz potente que rompe el silencio, se hace oír:
—¡Atención compañeros, fuerte y claro,,, tres hurras por Arrieta!
—¡Hip hip raaa… hip hip rraaa…hip hip rraaa¡
—¿Por quién?
—¡Por Feña Arrieta!
Al unísono fue la sonora respuesta de un coro de cuarenta Viejos (mejor dicho cuarenta más uno), porque también me sumé a él como amigo de Fernando, pero sobre todo como uno más de esos sufridos faeneros que volvían a su hogar para sentir el calor de familia, después de una larga jornada de trabajo haciendo patria y forjando país en el inhóspito desierto y la agreste cordillera. :
La alegría, la risa, los chistes, las tallas, todo se reanudó, pero ya sin los efectos del alcohol. El auxiliar sirvió el desayuno, nadie lo molestó, al contrario un viejo de veinte años le ayudó. Varios me saludaron con un buen día jefe Algunos me preguntaron cómo había dormido.
Sonreí pensando en el día y la noche anteriores, en el viaje que hice solo en jeep desde Santiago a la obra, en el viejo zorro del desierto, en el jefe administrativo que me había preguntado si realmente quería viajar con los viejos e imaginé a todos mis compañeros de la construcción, mis amigos colegas y por supuesto sin olvidar a Fernando Arrieta.
Me prometí, para mis adentros, que si bien es cierto, mucho puedo admirar a los viejos faeneros, nunca más un viaje de retorno con ellos.
Entrecerré los ojos, parece que dormí, porque cuando los volví a abrir después de soñar con un gran asado regado con todos los vinos de Chile, ya estábamos entrando a Santiago.
Miré por el espejo al conductor, éste mostrando una amplia sonrisa me saludó con un gesto amable levantando su pulgar derecho. Parece que también conocía a Feña Arrieta.
Incluido en libro: Cuentos al viento
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