Seis botones
Vicente Herrera
Márquez
El tren se desplazaba raudo,
rompiendo el manto de la noche, con rumbo al sur. Su potente foco rasgaba
la bruma que envolvía la sierpe metálica, que a esas altas horas de la
noche solo mostraba encendida una débil luz en el coche comedor. Silencio
total en el interior del tren. En realidad silencio relativo, dado que en
un extremo del coche número dos, el extremo opuesto a aquel donde se sitúa
el baño, se escuchaba: jadeos, quejidos, lamentos y algún objeto que caía
al piso del coche...algún enfermo quizás…
El tren había partido desde la estación central, puntualmente a las
veintidós cuarenta y cinco. Su hora de arribo estaba programada para las
seis cuarenta y cinco de la madrugada, es decir ocho horas de viaje,
tiempo suficiente para comer algo, leer un poco, corregir unos manuscritos
y dormir lo suficiente como para estar despejado durante el día. Tiempo
que ocuparía para visitar a un hermano al que no veía desde hacía más de
veinticinco años y del cual se había enterado, a través de Internet, se
encontraba muy delicado de salud. En la noche tomaría de nuevo un tren
para regresar a la capital.
Llegó temprano a la estación, fue uno de los primeros pasajeros en abordar
el tren, ubicó su asiento, acomodó su bolso de viaje en el portaequipajes,
sacó de su bolsillo un paquete de caramelos de “menta extra fuerte” y se
llevó uno de ellos a la boca, pensando que la joven alta y rubia que sacó
el boleto, tres personas antes que él, podría, si la suerte lo dispone,
ser su compañera de viaje.
A él le correspondía sentarse en el asiento que da a la ventana, pero se
sentó y se puso a leer el diario en el que da al pasillo, sabiendo que de
esa forma era un punto ganado para iniciar una conversación (viejo y
experimentado zorro en esas artimañas de la conquista y el acercamiento al
opuesto y bello sexo).
Después de una media hora de lectura, lo sustrajo el bullicio de un grupo
de estudiantes hombres y mujeres al parecer de los últimos cursos de
enseñanza media, los que obedecían las instrucciones de la que parecía ser
la profesora a cargo, una mujer de mediana edad, mediana estatura,
medianamente seria y sumamente atrayente, la que al pasar por su lado rozó
su hombro con el bolso; ella al darse cuenta giró su cuerpo y mirándolo
fijamente le pidió disculpas y le regaló una hermosa sonrisa. Todos se
sentaron poco mas adelante disponiendo los asientos enfrentándose entre
ellos; la profesora o líder del grupo quedó dándole el frente, como cinco
filas mas adelante. Se dedicó a observarla detenidamente, era realmente
atractiva, de una edad indefinible, pero de semblante y mirada aún
juvenil; el pensó: una solterona apetecible.
Ya se acercaba la hora de partida, por lo tanto era bastante el movimiento
de pasajeros, que subían y se iban acomodando en sus respectivos asientos,
se dedicó a observar y grabar en su mente imágenes de actitudes y
características humanas que quizás algún día su pluma llevaría al papel.
Un pequeño grupo de cuatro mujeres jóvenes y hermosas irrumpieron en el
pasillo con risas y alegre desenfado, lo cual llamó la atención de muchos
varones que iban en el coche. Todas eran altas, delgadas, dos rubias, dos
morenas, aparentemente promotoras de alguna marca comercial importante, en
viaje a la conquista del sur. Se ubicaron en la mitad del recorrido entre
donde él estaba y el sector opuesto del coche.
Veintidós cuarenta y cinco. Puntualmente partió el tren. Como tres
corridas de asiento, las que estaban próximas a él no se ocuparon, el
asiento contiguo tampoco, la rubia esperada no llegó. Bueno, este iba a
ser un viaje tranquilo, sin conversación, sin conquista, intrascendente y
en el cual podría dormir a sus anchas y no molestar a vecinos con sus
ronquidos y otros efluvios, a veces no muy agradables.
Siguió leyendo el periódico, echó a su boca otra pastilla de “menta extra
fuerte” ¿para qué? Si la rubia no llegó.
Pasó el inspector solicitando los boletos, luego otro funcionario
repartiendo mantas para protegerse del frió de la noche.
También pasó otro personaje, el cual, lucía elegante uniforme de garzón,
ofreciendo servicio de coche comedor, enumerando todo lo que allí uno
podría degustar. Cuando ya volvía de recorrer el resto de los coches se
detuvo frente a él y le volvió a detallar toda la oferta del coche
comedor, haciéndola de alguna forma mas tentadora que cuando lo hacia de
forma impersonal, además explicando mas detalles acompañados de una
cómplice y coqueta mirada, era un muchacho de muy finos y cuidados
ademanes.
Al poco de partir y de haber dejado atrás un par de estaciones él se paro
y abarcó con la mirada toda la extensión del coche, la primera estación de
su mirada fue aquella ocupada por la supuesta profesora, guía de aquel
grupo de estudiantes; aquella que había rozado su hombro e inquietado su
espíritu conquistador. La observo por varios minutos, se dio cuenta que
ella en forma un tanto disimulada también lo estaba explorando. En algún
momento sus miradas se encontraron, ninguna rehuyó la otra, es más, se
mantuvieron, transformándose en una sonrisa insinuante por lado de ella y
de galán triunfador por lado de él.
Dejó aquella estación, como territorio conquistado y dirigió la vista a
otro punto, al otro costado del carro donde podía observar dos morenas que
mostraban la nuca y dos rubias que le ofrecían la frescura de su rostro,
con ojos extraviados observaba las dos a la vez. En un momento su mirada
se cruzó con la de cada una al mismo tiempo, ambas se miraron entre ellas
y se sonrojaron, haciendo que las blondas cabelleras quisieran resaltar su
color original.
Poco mas allá divisó otra rubia cabellera, que le pareció la de una
antigua conocida, aquella que compró el boleto de viaje unos minutos antes
que él, pero le daba las espaldas por lo tanto no podía saber si realmente
era aquella mujer. Pensó que tendría que salir a explorar aquellos
territorios, los que parecían sumamente interesantes.
Lentamente recorrió el pasillo, fue observando detenida y en forma
aparentemente distraída toda la extensión del coche y todo su pasaje, el
cual lo componían hombres, mujeres y niños. El solo detenía su mirada en
las mujeres y no en todas, sino que en aquellas que exhibían algún
atributo que satisficiera sus cánones de belleza o algún atractivo físico
que exacerbara sus ímpetus de macho cabrío.
Al pasar por el lado de la rubia conocida lo envolvió una nube de una
fragancia cautivadora que le hizo perder pie y casi caer; alguien le
tendió una mano para que no cayera, rápidamente se recuperó y siguió
avanzando. Llegó al extremo del coche y quiso entrar al baño, éste se
encontraba ocupado. Mientras esperaba se dedicó a mirar el paisaje interno
desde el lado opuesto, el que él no conocía; allí estaba la rubia del
anden, observándolo y ofreciéndole una amplia y blanca sonrisa, haciendo
un ademán mostrándole el piso donde habría quedado tendido de no ser por
la mano del hombre sentado frente a ella. Aquello rompió su coraza de
caballero andante y terminó sonrojándose. El baño quedó desocupado,
rápidamente penetró en él y se repuso del orgullo herido.
Al salir del baño y comenzar el regreso de su viaje de exploración,
nuevamente se encontró con la mirada de su antigua amiga rubia, la que
coronó aquella aventura con un insinuante guiño y un gesto de fruncimiento
de sus labios, esto no le gustó, estaba preparado y entrenado para ser él
el conquistador. Aunque a decir verdad por esa rubia valía la pena romper
las reglas establecidas.
Apuró el paso quería llegar rápidamente a su asiento, su reducto, su
castillo, su guarida en aquel tren. Sentía que todas las miradas lo
seguían en su trayecto, en realidad nadie se preocupaba de él.
Faltando poco para llegar a su asiento, en el costado contrario a las
cuatro promotoras del amor, se le apareció de repente una visión
encantada, un brillo que opacaba toda luz, joven talle erguido y turgente,
angelical rostro, bellísimo; coronado con una cabellera de aterciopelado
azabache: la armonía hecha mujer. El premio que siempre esperó y que
creía, verdaderamente, merecer. ¿Cómo es que no la había visto cuando
subió? Seguramente lo hizo cuando leía el diario y no se percató, además
daba la espada a su posición, pero no importa como fue, allí estaba y era
bellísima. También le llamó la atención la manta multicolor con la que
cubría sus piernas.
Allí estaba parado, como un tonto, mientras ella con una dulce sonrisa le
pedía que le recogiera una revista que se le había caído, se agachó, la
recogió y como un autómata alucinado se la paso en sus manos blancas que
rozaron las suyas con la suavidad de las sedas mas finas del oriente.
-Gracias señor, muy amable, muchas gracias-
Continuó su camino hasta su asiento envuelto en un halo de misticidad.
Al sentarse allá lejos observó a la profesora que le regalaba una sonrisa
y también diviso la rubia cabellera de su amiga del andén, allá bastante
mas lejos, la que le hacía una seña moviendo una mano. Mas cerca lo
observaban dos pares de ojos oscuros insertos en rostros morenos de negras
cabelleras, eran las promotoras que habían intercambiado sus asientos,
cuando las miradas se encontraron palidecieron los dos rostros morenos.
Al poco rato todas sus conquistas comenzaron a pasar por su lado con rumbo
al coche comedor, aceptando la invitación de aquel muchacho de finos y
elegantes modales. Todas al pasar lo hacían lentamente y mirando fijamente
al conquistador. Pasó la rubia del andén y le regaló otro beso gestual;
pasó la profesora-guía de los estudiantes y también le hizo un guiño; las
cuatro promotoras, intercaladas rubias y morenas, cada una le prodigó una
sonrisa. Faltaba que pasara una, su última conquista, la más sublime. No
pasó, al parecer no tenia apetito, no tenia sed, sencillamente no pasó.
También se dirigió al coche comedor. En cuanto apareció en la puerta noto
que seis pares de ojos lo estaban esperando, sintió un fuerte impacto,
pero no se amilanó, había enfrentado otras batallas de tanto o mas riesgo
de la que podría venir.
Se sentó en un rincón desde donde dominaba toda la extensión del coche
comedor y cada una de las locaciones ocupadas, cual un felino listo a
atacar o a defenderse. Se sobresaltó al escuchar a su lado al diligente
garzón de finos, elegantes y ahora coquetos modales, el cual después de
presentarse como Luis María, le preguntó cual sería su preferencia de lo
que allí servían. Además de lo que el garzón le ofrecía, pensó en otras
seis exquisiteces, pero al final optó por lo más sencillo: piscola, bien
cargada, con harto hielo y una torreja de limón.
Rápidamente Luis María cumplió con lo solicitado, trayendo además un
platillo con almendras y aceitunas para picar, al retirarse reiteró su
voluntad de atender cualquier pedido.
Durante el transcurso de tres piscolas, miradas iban, miradas venían,
guiños iban, guiños venían, muecas maliciosas y gestos libidinosos. Pero
todo esto siempre en forma disimulada, ninguna de las mujeres se daba
cuenta de lo que hacia cada una de las otras y los gestos y respuestas de
él, solo lo notaba aquella a la iban dirigidos.
Luis María era el único que atendía las mesas dispuestas a lo largo del
coche comedor. Poco a poco el sueño y el alcohol fueron haciendo efecto en
el ánimo de los trasnochadores, los cuales comenzaron a retirarse; también
lo hicieron las seis conquistas del Fauno. Todas tenían que pasar por
donde él estaba. Todas le prodigaron una sonrisa, una mueca, un gesto, o
un pequeño mohín, pero ninguna fue indiferente.
Cuando todo el público se había retirado pidió un último trago para luego
hacerlo él también. Rápidamente fue atendido por Luis María, este no se
retiró, sino que le buscó conversación, contándole mas de un comentario
que les había escuchado a aquellas mujeres que estaban pendientes de el.
Conversaron como veinte minutos tiempo en el que él comentó, al garzón,
cual era el motivo de su viaje y su intención de volver en el mismo tren
esa noche a la capital.
Se puso de pie, Luis María tuvo que ayudarlo para que no perdiera el
equilibrio, el alcohol había mellado la templanza del conquistador. El
garzón ofreció acompañarlo hasta su asiento pero él se negó, no era para
tanto, solamente preguntó hacia que lado tenía que dirigirse, era en el
sentido contrario al de desplazamiento del tren, el cual ya había dejado
atrás la mitad de su recorrido. Al llegar a su coche ubicó su asiento, se
acomodó, se cubrió con la frazada que le habían pasado al comenzar el
viaje y se durmió pensando en la sonrisa de la profesora, en el rubor y en
la palidez de las rubias y morenas promotoras, en el guiño y beso simulado
de la rubia que era rubia y sobre todo de la candidez del rostro y la
dulzura de aquella voz que le dijo: Gracias señor… cuando le recogió la
revista…
Con esos pensamientos y el vaivén del tren traspuso los umbrales del reino
de Morfeo a la espera del paso de la otra mitad del recorrido…
El sueño no fue profundo, porque entre los sombras de la noche y los
fantasmas de las piscolas percibía que de a una iban llegando cada una de
esas mujeres que el había conquistado durante esa noche y le prodigaban
caricias, besos y todo lo que el deseo y la lujuria exigía de aquellos
cuerpos. Entre su sueño, su cansancio y los vapores del alcohol no
distinguía en que momento cada cual estaba con el, solo atinaba en su
inconsciencia a arrebatarles algo para tener un testimonio de aquella
noche, aunque solo fuera un botón.
Un, dos, tres…cuatro…cinco…seis botones. Seis mujeres estuvieron con él
esa noche en el lapso de mas o menos tres horas en el frió y la penumbra
del coche numero dos de aquel tren que raudamente se desplazaba rumbo al
sur.
Comenzaba a amanecer, sintió frió, busco la frazada, se encendieron las
luces; notó que su camisa estaba completamente desabrochada, su cinturón
suelto y su pantalón sin cierre; rápidamente se arregló antes que alguien
se diera cuenta de su estado, abotonó su camisa, levantó el cierre del
pantalón, ajustó el cinturón, alisó su pelo, que supuso despeinado y buscó
la frazada, estaba en el asiento del otro costado del coche. Sin despertar
del todo y con los efectos, aun presentes, del alcohol ingerido comenzó a
recordar. Recordó gestos, guiños, besos, caricias y mucho más y también
botones. Se puso de pie, tratando de colocar cada hueso del cuerpo en su
lugar y allí los vio, en el asiento: uno, dos, tres… seis botones. Si seis
botones y no eran de sus ropas, entonces todo había sido real….no había
sido solo un sueño producto de las piscolas.
Seis botones. ¿Por qué seis si habían sido siete sus conquistas? La
profesora guía del grupo de muchachos, la rubia que compro los boletos
antes que él, las cuatro promotoras y la muñequita angelical ¿Cuál de
ellas no lo visitó esta noche?
Las seis cuarenta y cinco de la mañana. Puntualmente el tren llegó a su
destino. Todos los pasajeros comenzaron a bajar. Bajaron mujeres y hombres
somnolientos cargados de maletas, bajaron niños desgreñados y ancianos
bien despiertos. Ya al final comenzaron a descender las musas del amor.
Primero lo hacen las cuatro amazonas promotoras del placer, las cuales al
pasar por su lado, cada una, lo premió con una amplia sonrisa y un gesto
de aprobación levantando su dedo pulgar.
Inmediatamente lo hace la profesora, la que ya había hecho bajar a sus
alumnos, al pasar por su lado se agacha sonriente y le dice al oído: ¡Eres
genial gordo!
Desde el otro extremo del coche llega la rubia exuberante y sin decir nada
le da un beso en la boca y se aleja contoneándose. Seis botones, seis
mujeres
Quedaron dos pasajeros en el coche, la muñeca angelical y él. Subió un
hombre corpulento por el extremo mas alejado y con paso firme se acercó
hacia el lugar donde estaban ellos, al verlo venir decidido él sintió
cierta inquietud. El hombre se detuvo frente a la niña de bello rostro y
hermosa sonrisa, la saludó en forma amable y familiar, la tomó en sus
brazos y la llevó hasta una silla de ruedas que estaba en el andén; ella
tenía una pierna enyesada desde el pie hasta la cadera.
El bajó detrás de ella, ésta desde su silla le pidió que se acercara, él
se acercó y al llegar a su lado escuchó una voz arrulladora que le dijo:
- Nunca voy a olvidar esta noche - y aquella angelical mujer se alejó en
su silla de ruedas empujada por el corpulento hombre.
Quedó perplejo. Seis botones, siete mujeres y una de ellas con una pierna
enyesada. Todas tuvieron un gesto amable para él. ¿Cuál no estuvo con él?
-Señor, señor- escucho que lo llamaban.
Se dio vuelta, era el garzón que le traía su teléfono celular, el que se
le había quedado olvidado en el coche comedor, recibió su aparato y
mientras Luis María le preguntaba si iba a volver a la capital, esa noche
en el mismo tren, se dio cuenta que la camisa de aquél no tenía botones…
llevó una mano al bolsillo de su pantalón y allí sus dedos temblorosos
contaron: uno, dos, tres… seis botones…
Rápidamente subió a un taxi, prometiéndose nunca mas poner a prueba sus
atributos de conquistador en un tren y sin poder apartar de su pensamiento
siete bellos rostros que le prodigaban una amplia y burlona sonrisa,
partió a perderse en las calles, aún somnolientas, de Concepción.
Incluido en libro: Cuentos al
Viento
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