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Patagonia
Vicente
Herrera Márquez
Patagonia, es la zona de dos vertientes con
una espina dorsal, con vértebras de montañas espinales separadas y ligadas
por lagos, ríos, glaciares y valles, todos de gran belleza y que se
extienden por oriente y occidente.
Una vertiente occidental abrupta que desciende en corto trecho por
glaciares, fiordos, canales y luego se desgrana en mil islas disgregadas
desde Chiloé hasta el Cabo de Hornos que desafían al bravo e iracundo mar
que Núñez de Balboa llamó Mar del Sur y Hernando de Magallanes
paradójicamente bautizó como Océano Pacifico.
La vertiente del levante no es abrupta, después de abrirse paso por
glaciares y descansar en lagos de montaña se derrama suavemente en valles,
y llanuras que en extensos escalones o mesetas buscan las olas mas mansas
del Océano Atlántico.
Hoy voy a hablar de esa Patagonia, que me vio crecer, la que se derrama
lentamente de Los Andes al Atlántico. Otro día hablaré de la otra, de la
que cae abruptamente al mar occidental, aquella que me vio nacer.
Patagonia es la estepa arrasada por el viento del indio Tehuelche, el
indómito Kóshkil, palabra en lengua Teushen,(sinceramente
no conozco su traducción, pero me comprometo a averiguarlo y si alguien me
puede ayudar se lo agradecería) que con su soplo arrastra esperanzas que a
través de largos cañadones se diluyen y mueren en la vastedad de esta
tierra austral.
Patagonia vergel del coirón, gramínea esteparia, duro alimento del ganado
ovino, alimento vegetal que nutre carne y se trueca en lana, materias que
debieran aplacar el hambre y dar abrigo a tantos pobres del mundo...
Patagonia, productora de ese sumo negro y viscoso que mana de la tierra,
producto apetecido, residuos de prehistoria y culturas milenarias: el
petróleo, sumo de la tierra que hoy se mezcla con el sudor de los obreros
y se transforma en el producto que mueve al mundo y produce el temblor de
los mercados. Desgraciadamente el petróleo se acabará y el sudor
continuará.
Patagonia es la llanura donde en día claro, de verano, la mirada se pierde
en lontananza y en noches largas, de invierno, con su cortina de nieve y
cerrazón esconde la brújula del arriero: la Cruz del Sur, y los rumbos se
pierden y se desorienta la razón.
Patagonia oriental pendiente, larga, escalonada que el Tehuelche iracundo
trepa buscando refundar su hogar, allá más lejos, más alto, quizás la
montaña, allá donde el “blanco”, el “huinca” gane menos con llegar.
Incluido en libro: Crónicas al Viento
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Reservados.
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