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Mi complejo y las mujeres
Vicente Herrera Márquez
Según mis recuerdos y
realmente recuerdo desde muy temprana edad siempre
me gustaron las mujeres.
Sí, desde niño, y desde niño recuerdo rostros
femeninos, unos cerca y otros mas alejados pero
siempre al recorrer mis años hacia atrás y de atrás
hacia el presente voy a encontrar cerca un rostro
hermoso, mujeres platónicas en algunos casos y
mujeres reales en otros.
Como todo ser humano la primera mujer a mi lado fue
mi madre, recuerdo que era dulce y era muy bella, su
vida fue corta y joven se fue, murió cuando yo
apenas tenía cinco años.
No se piense que en los rostros posteriores a ella
busque la madre que se fue, o la madre que hubiera
querido seguir teniendo. No. No fue así, tampoco mi
padre busco otra mujer para madre de sus hijos.
En todas las que se acercaron a mi camino siempre
miré, admiré y busqué a la mujer. Mujer de la que
siempre me prendé, quise y amé con todas mis fuerzas
de hombre y muchas de ellas ni siquiera lo supieron,
pero en mi pensamiento fui su compañero y amante.
También muchas sí lo supieron y me correspondieron
de igual forma como compañeras y amantes.
Cuando niño pequeño, me refiero a menor de unos doce
años, cuando el mundo es ideal, cuando aun no hemos
asimilado los cánones de belleza, cuando el espejo
solo sirve para ver si esta bien hecha la raya o
partidura del peinado, me enamoraba de todas las
chicas y en mi pensamiento todas me correspondían,
incluso las maestras de los primeros años de
enseñanza básica. Pero cuando ya los ojos comienzan
a mirar de otra manera y el medio separa lo bello de
lo feo y el espejo me empieza a decir que el que
mira, o sea yo, no es bello, comienza una etapa de
retraimiento y hasta dolor al pensar que mi rostro y
mi figura no es la que va a causar la atracción de
las mujeres.
En esos momentos el mundo ideal, construido sin los
limites que impone la arrogancia, la altivez, la
soberbia, la altanería y orgullo mal entendido del
ser humano, se derrumba y se ve el futuro de color
oscuro y el camino se presiente tortuoso.
Ahí nace mi complejo de “patito feo” que siempre me
acompaña. A eso creo, según mi análisis de hoy, lo
agrava el hecho de que ya por terminar mi enseñanza
básica participo en una obra teatral en la que me
toca hacer el papel de un niño pobre, triste,
amargado y feúcho, pero que en la obra es el
personaje central y el que deja la moraleja final,
pero según yo (o mi Freud interior) es mi propia
realidad y eso marca aún más mi complejo.
Con ese complejo comienzo mi pubertad. Mis primeros
años de adolescencia fueron marcados por el temor al
fracaso ante las mujeres, no así en el estudio, y
ese temor no me permitía acercarme a ellas y sentía
envidia cuando otros niños o jóvenes de mi edad
lograban ser aceptados por las niñas que a mi me
gustaban.
Los años pasaron, la vida siguió su curso, el
complejo persistió y creo que todavía persiste, pero
en mi vida hubieron mujeres, decir cuantas seria
jactancioso, pero hubieron, la hay y van a seguir
habiendo y todas fueron, es y serán bellas, y todas
fueron buenas, una fue buena madre de mis hijos,
otra fue buena madre de las hijas que no son mías
pero lo son, pero todas, todas fueron para mi buenas
esposas aunque no haya habido vínculos escritos,
excelentes compañeras y mejores amantes y sin
excepción todas grandes mujeres.
Y aún con el complejo a cuestas puedo asegurar,
aunque de repente pueda decir lo contrario, nunca en
la vida estuve solo. Siempre a mi lado ha habido una
mujer y siempre una mujer bella.
Hoy digo que me alegro de no haber sido un Adonis.
Incluido en libro:
Crónicas al viento
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