Los pies de Antonio
Vicente Herrera Márquez
Jubilados, cesantes, estudiantes,
dueñas casa y niños, disfrutan a esa hora del atardecer, de la brisa, los
juegos y de la relativa comodidad de los viejos y cansados bancos de
aquella plaza poblada de enormes y añosos árboles, que conocieron tiempos
mejores y hoy desafían el ruido y el smog de la modernidad, ubicada en un
antiguo barrio de Santiago. La rodean antiguas y señoriales mansiones
venidas a menos y que muestran en sus, otrora, elegantes fachadas la
inclemencia de los años y la decadencia de los dueños. Muchas de estas
casonas se han transformado en locales comerciales, consultas médicas,
talleres y oficinas.
Con los ojos entrecerrados, en la
penumbra de su oficina-consulta del Centro de Estética, de su propiedad,
ubicado en la acera norte de aquella plaza, y sus oídos atentos a la
melodía y voz de Serrat, provenientes de un pequeño equipo de música, que
recita:
- Con su bolso de piel marrón y su
vestido de domingo...sentada en el andén...espera el próximo tren... -
Rosario recuerda su niñez y
juventud, que hasta los dieciocho años transcurren en un elegante y
tranquilo barrio de Madrid. ¡Cómo han pasado los años! treinta quizás,
desde que por problemas políticos o económicos, no recuerda muy bien, su
familia decide dejar España y aventurar en América, en Chile, en Santiago,
donde hay familiares y amigos que han emigrado antes y que si bien es
cierto, no han logrado fortuna, han conseguido, con trabajo, un buen
pasar.
Después de trabajar como
ocho o diez años en la ferretería que su padre estableció en otro antiguo
barrio de Santiago, decide hacer algo por sí y para sí.
Como nunca quiso, en realidad no
pudo, ir a la universidad, decide realizar algún curso corto que le
permita instalarse con su propio negocio y así alejarse de la tutela y el
control familiar. Estudia Peluquería y Cosmética y además toma otro curso,
algo que siempre le atrajo en su subconsciente: Podología.
Y así escuchando la voz de Serrat
que canta Penélope, melodía que siempre la acompaña, recuerda que hace ya
mas de veinte años se instala en este lugar con su Centro de Estética.
-Señora es hora de cerrar, ya las
chiquillas terminaron de atender a todos los clientes y se retiraron.-
Escucha una voz que la saca de sus
añoranzas, es Isabel, su ayudante-secretaria en la consulta y su
empleada-compañía en la casa, la cual queda contigua al negocio. Casa y
local comercial tienen entradas independientes por la calle y a su vez
comunicación interior.
-Sí Isabel, cierra , ya es tarde.-
contesta y agrega.
-Yo me quedaré aquí un rato
mas, ordenando todas estas fichas- dice, señalando varias carpetas
dispersas en su escritorio.
Isabel le solicita permiso para ir
un rato a la plaza, según ella, a fumar un cigarrillo con alguna amiga,
siendo realmente otro su interés.
-Si ve, contesta Rosario, pero ten
cuidado, no hables con desconocidos ni te juntes con ese grupo de
marihuaneros de la otra esquina.-
Ya señora, usted me cuida más que
mi mamá- responde Isabel, esbozando una dulce sonrisa, y abandona la
oficina.
Isabel ya lleva como tres años con
ella y a llegado a quererla, tal vez, como la hija que hubiera querido
tener y que nunca pudo ser, ya que nunca se caso ni tuvo pareja. Nunca en
sus casi treinta años de inmigrante hombre alguno cruzó la puerta de su
alcoba. A los hombres de su vida solo les permitió cena y despedida,
función y despedida, alguna vez un beso furtivo, una mirada insinuante, un
roce y nada más. Tanto así que entre sus familiares y pocas amistades se
dudaba de su sexualidad.
Isabel, muy joven, belleza
chilena, morena, mas bien baja, de exquisitas redondeces, labios
tentadores, mirada vivaz y brillante, voz sonora y cantarina, era la
atracción de los jóvenes habitúes de la plaza y siempre había a su
alrededor una corte de solícitos y galantes pretendientes, pero su mirada
buscaba entre todos, a uno: Antonio. Este, siete u ocho años mayor que
ella, alto, atlético, moreno, con aire de actor de películas románticas,
siempre vestido deportivamente con polera, buzo de pantalones amplios, y
zapatillas de buena marca y mejor precio, llevaba poco tiempo en el
barrio.
Técnico Electromecánico, se había
instalado con un taller de reparaciones de artefactos eléctricos en un
local colindante con el Centro de Estética. Antonio no vive en el sector,
llega todas las mañanas temprano en una motocicleta, que como él, también
llama la atención de los vecinos del lugar. A cada cierto tiempo cruza la
calle y se sienta en algún banco de la plaza y enciende un cigarrillo que
fuma lentamente. Cuando esta en la plaza se nota su presencia y no hay
mujer que no se voltee a verlo cuando él pasa, sea esta una colegiala, una
respetable señora o una madura solterona, pero él, también busca la
sonrisa y la mirada de una persona: Isabel. Además llama la atención su
forma de caminar un tanto lenta y de pasos cortos, lo cual contrasta con
su atlética figura.
La primavera esta en su apogeo,
fines de Noviembre, ya se comienzan a notar los preparativos navideños.
Aunque el sol ya dejó la plaza, las sombras aún no dan la intimidad que
muchas parejas esperan , entre ellos Antonio e Isabel.
Rosario coloca la última
carpeta en el estante y revisa su agenda para el día siguiente, la primera
hora de atención la tiene reservada para Narciso, que es el paramédico del
Centro de Salud ubicado en la acera sur de la plaza. Cuando se dispone a
abandonar la oficina, sin pensarlo, entreabre las cortinas del amplio
ventanal que da a la plaza y lo primero que atrapa su mirada es la
motocicleta de Antonio, enorme, de color no común en éste tipo de
vehículos, blanco, con muchos accesorios, adornos y algunas calcomanías de
símbolos o emblemas de colores como una marca, una estrella , una cruz.
Algo le recuerda la motocicleta e inquieta sus pensamientos. Sentada en la
moto esta Isabel, con su largo pelo negro suelto a la brisa de la tarde,
su blusa semitransparente que insinúa, sus piernas acortan su ya corta
falda y sus labios ofreciéndose a la ávida boca de Antonio que parado a su
lado acaricia sus rodillas y la besa suavemente.
Ante esta visión Rosario siente un
estremecimiento, y un cosquilleo recorre su cuerpo maduro de casi medio
siglo, estilizado, con garbo de hembra castellana, por el que corre un
torrente de sangre morisca y gitana. Bajo su blanco delantal palpitan
formas anhelantes. Su mirada no puede apartarse de aquel macho insinuante
y recorre con sus ojos ávidos toda la extensión de ese cuerpo, lentamente
de arriba abajo y allí se detienen, abajo, en los pies que calzan
excelentes zapatillas y piensa, risueña y maliciosa, aquello que mas de
una vez a escuchado a sus empleadas: que según el tamaño de los pies es el
tamaño del....amor.
De repente reacciona, asustada de
sus pensamientos, no debe desear, piensa, al hombre de Isabel a la que
quiere y respeta como una hija. Cierra la cortina y trata de cerrar sus
pensamientos, se dirige a su casa, se prepara un gran jarro de granadina
con harto hielo y mientras dispone una bandeja con el jarro, un vaso, un
pocillo de crema y otro con rojas y maduras frutillas, frota por su cara y
cuello un paño embebido en agua bien helada. Luego mientras camina hacia
su dormitorio, bastión irreductible, se va despojando del delantal, la
blusa, la falda, los zapatos, se da cuenta de que no ha podido cerrar sus
pensamientos. No recuerda haberse sentido como en ese momento, desde hace
mucho tiempo, su cuerpo ardiente y sudoroso, su estómago tenso, sus senos
turgentes, sus glúteos temblando.....
Mas de una hora estuvo bajo la
ducha con los ojos cerrados y la imaginación abierta. Tomó un vaso de
refresco y otro mas, lo necesitaba, y luego de peinar su rubia cabellera y
esparcir por su cuerpo de blanca piel, un cremoso y aromático bálsamo, se
tendió desnuda.
Cuando se acabaron las frutillas y
la crema, apagó la luz, cerró los ojos y abrió su mente a los
recuerdos.....
Mar Cantábrico, Golfo de Vizcaya,
Región Vasca, tierra de raza indómita. San Sebastián, festival, verano y
playa. Fines de la década de los sesenta, tendida en la arena y por la
radio a pilas la voz de Serrat, entonando Penélope.
Un par de días atrás había llegado
desde Madrid con su familia a disfrutar de las vacaciones. Era ésta una
familia tradicional, católica, de antiguo pero dudoso linaje, de blasón
familiar, pero de recursos económicos menguados. Una familia como tantas
en las postrimerías del régimen franquista, que en la época del estío
peninsular se acordaban de los familiares inexistentes en el resto del
año.
Allí junto a ella tendido en la
arena, estaba Paco, su primo lejano de tercer o cuarto grado en la
genealogía familiar, hijo de los tíos estivales, que como artesanos viven
del turismo y que tienen una casa pequeña en un barrio alejado de la
playa, pero un corazón grande y brazos abiertos para la familia madrileña.
Con 17 años, recién egresada de
colegio de monjas, con sueños de crecer, con ansias de libertad, llena de
juventud y deseos de vivir se acercó a Paco, su primo lejano, pero hombre
tan cercano, ofreciéndole sus labios , éste como esperando aquella actitud
besó esa boca trémula y ardiente, luego mirándose a los ojos se juraron
amor eterno.... por la eternidad que duren las vacaciones.
Ese día el regreso a casa lo
hicieron mas apretados que nunca en la destartalada motocicleta de Paco.
Pasaron los días, ambos bebiendo del amor y ardiendo de pasión. El día en
la playa era arena y sol, mar y calor, besos, promesas y caricias. Paco
acariciaba los brazos, las manos, la cara, el pelo de Rosario y ella
acariciaba sus pies, eran hermosos sus pies. Paco era un joven alto,
rubio, hermoso, con un bello cuerpo bronceado por el sol del golfo, dulce
mirada, voz agradable pero a Rosario lo que más le gustaba de él eran sus
pies.
Ese día no se dieron cuenta del
paso del tiempo, ya entrada la noche, calurosa, sin ponerse mas ropa que
los trajes de baño subieron a la moto y emprendieron el regreso a la casa
alejada de la playa, Paco tomó el camino mas largo y oscuro, mientras
Rosario se aferraba a la cintura de su primo, a mayor velocidad mas se
aferraba e insinuaba caricias atrevidas las que hacían inestable y
temeraria la conducción. Al llegar a un pequeño parque apartado de casas y
miradas y al amparo de un macizo de ligustrinas Paco detiene la moto, baja
el soporte de estacionamiento y queda sentado, pensando en que puede o que
debe hacer, pero antes que una estrella fugaz que aparece por occidente se
pierda en los Pirineos, tiene frente a sí a Rosario, desnuda, a horcajadas
sobre sus piernas buscando la unión jugosa de sus labios y la unión
ardiente de la carne....
Los días que quedaban de
vacaciones pasaron raudos y ya no fueron de mar, sol y arena, sino que
fueron de sexo, amor y pasión desenfrenados. Cuando terminaron aquellas
vacaciones, aquella eternidad prometida, Rosario se hizo otra promesa:
nunca olvidaría aquellas playas, la destartalada moto, su ardiente primo y
sus bellos pies....
-El desayuno está listo es hora de
levantarse.- lejana escuchó la voz de su tía y el ruido de la moto de Paco
terminó por despertarla.
Pero no era la voz de su tía ni la
moto de Paco, era la voz de Isabel y la moto de Antonio que temprano, como
todos los días llegaba a abrir su taller. El Centro comienza a atender a
las nueve de la mañana, ya hay clientes atendiéndose con el personal, que
se compone de tres mujeres jóvenes que cortan, tiñen y peinan, una señora
de mas edad que es como la jefa y desempeña labores de manicura y una
señora mayor que se ocupa del aseo y otros menesteres menores. La manicura
se dedica en ese momento a las manos de un señor regordete, de edad
indefinida, mediana estatura, finos modales, con un peinado a la gomina
que fija pelo allí donde escasea, disimulando la calvicie. El es Narciso,
paramédico del Centro de Salud vecino y que además tiene hora reservada
para atenderse con su amiga la podóloga. Cuando termina con el cuidado de
sus manos, se dirige rápidamente a la oficina-consulta de Rosario que ya
esta esperando para brindarle su atención y a la vez conversar con su
amigo. Narciso comenta y regaña por las dificultades que tuvo esa mañana
para llegar, debido a una cantidad de obras viales que por estos días
comienzan en Santiago para modernizar los medios de desplazamiento
vehicular, las cuales produjeron atochamientos en varios sectores. En
cambio le faltan palabras para elogiar el funcionamiento del Ferrocarril
Metropolitano, el que él toma todos los día en la estación Bellavista y
espera que el próximo año, el 2004, quede lista la ampliación de la línea
2 que lo dejara mas cerca de la plaza y así no tendrá que caminar tanto
como ahora, lo cual perjudica sus delicados y bien cuidados pies. Rosario
sigue atenta su conversación, mientras lo atiende con pulcritud y esmero.
Hay entre ellos una amistad cultivada por años que comenzó con un
tratamiento podológico.
Ella relata a su amigo
experiencias con pies de clientes famosos que atendió alguna vez u otros
de alguna trayectoria que aún requieren de sus servicios y orgullosa
muestra a Narciso, colgados en una pared de su oficina, una cantidad de
diplomas de cursos y reconocimiento de organizaciones afines, como así
también un estante esquinero repleto de trofeos y galardones obtenidos por
su Centro en eventos de Estética y Belleza. También le comenta, y no
exenta de vanidad, su otra pasión: la pintura, representada en la consulta
por una veintena de cuadros, oleos y acuarelas, que llenan otra pared.
Motivo recurrente en ellos son los pies, los hay de hombres, de mujer, de
niños; los hay chicos, medianos, grandes; los hay con zapatos y desnudos,
pero todos con una característica común: perfectos y bellos y en un rincón
inferior su firma, Rosario. Entre el conjunto destaca uno, es mas luminoso
que todos y tiene una leyenda que dice: “La belleza de un hombre se
refleja en sus pies” y en un rincón su firma mas una palabra entre
paréntesis (Paco).
La conversación de Narciso va por
otro lado. Además de hablar de ropa, gusta vestir bien; de perfumes, huele
muy bien; de cremas, luce una piel, que muchas mujeres de menos edad que
él, quisieran tener; de dietas alimenticias, con las que, por lo que se
ve, no le va muy bien; es otro realmente su interés, las hace de Celestino
encubierto entre Rosario y su jefe, el dueño del Centro Médico, Francisco,
con quién trabaja desde que llegaron a instalarse en el barrio, mas o
menos en la misma época que lo hizo Rosario.
Francisco, médico general,
dueño del centro de salud, es un hombre cincuentón, alto, delgado,
elegante, de pelo cano siempre bien peinado, de un delgado bigote muy bien
cuidado; maneja siempre un auto del año, tiene una situación económica
holgada y desde que quedó viudo hace como siete años ha sido cliente
periódico de la peluquería y además incondicional e inconfeso admirador y
pretendiente de Rosario. Aunque lo ha pensado, más de alguna vez, para
lograr mas cercanía ha querido poner sus pies en manos de Rosario, pero
por pudor, por vergüenza o por esa timidez propia de los pretendientes de
colocarse en una situación incómoda o dependiente de la persona
pretendida, no lo ha hecho.
Por parte de Rosario, ésta nunca
le ha demostrado ni ha comentado a otras personas como Narciso o Isabel,
que son sus confidentes cercanos, algún interés manifiesto por Francisco,
pero éste no le es indiferente.
Quizás por lo mismo que ha sentido
Francisco cuando ella ha requerido alguna atención médica, siempre a
recurrido a los servicios de algún otro profesional del Centro Médico. Es
posible que dentro de los pensamientos de Rosario haya cabida para los
requerimientos de Francisco, pero, algo pasado que no ha pasado y que
presiente puede volver, la hace refractaria a los devaneos del distinguido
doctor y como que ignora y no escucha las interesadas e insistentes
preocupaciones de Narciso por oficiarlas de moderno cupido a favor de su
jefe.
Ese día transcurrió con bastante
movimiento en el Centro de Estética, atendieron muchos clientes
habituales, como así también mas de alguno nuevo. Fue un buen y provechoso
día de trabajo.
Como a las siete de la tarde entró
Isabel a la consulta, trayendo una porción de torta y un vaso de granadina
con hielo para su jefa. Se sentó en una banqueta cerca del ventanal y
comentaron lo ajetreado que había sido la jornada y también con relación
al trabajo propio de Rosario, ya que Isabel, además de ser una buena
empleada y secretaria era una avanzada aprendiz de podología y pronto
comenzaría a realizar un curso regular de la especialidad pagado por su
patrona.
Algo atrajo la mirada de ambas
mujeres desde el exterior, era Antonio que cruzaba la calle hacia la
plaza. Los ojos de maestra y aprendiz siguieron su lento caminar hasta que
éste se sentó y encendió un cigarrillo.
Mientras Isabel seguía atraída por
el interesante paisaje de la plaza, Rosario recordó otros paisajes....
Tres años atrás, Termas de
Quinamávida, cerca de la ciudad de Linares, a poco mas de trescientos
kilómetros al sur de Santiago. Mientras gozaba de los beneficios termales
durante sus vacaciones se le acerca una niña de quince o dieciséis años a
ofrecer adornos de crin vegetal, confeccionada en un pueblito cercano
conocido por este tipo de artesanía: Rari.
Rosario que lleva en su corazón y
su espíritu recuerdos imborrables de un artesano euskalduna, se prenda de
esas miniaturas de crin y queda impresionada además por el desplante y
belleza juvenil de la niña que se las ofrece, tanto así, que le solicita
la lleve a conocer su familia y la confección de esas maravillas de
colores. Conoce el pueblo, la artesanía y la familia de la niña: padre
madre y dos hermanos, todos artesanos.
Una semana mas tarde vuelve a
Santiago, con la maleta del auto repleta de artículos de crin y con la
compañía de aquella niña: Isabel.
Un autobús que pasa por la calle
la saca de sus recuerdos y se encuentra con la mirada de la vendedora de
artesanía, piensa que es el momento de preguntarle por algunas inquietudes
que rondan su mente, pero como si algo interno las comunicara es Isabel
quien comienza a hablar y le cuenta de su amor por Antonio, de sus
sentimientos, de los sentimientos de él, de sus aspiraciones, de su
atracción por la velocidad y los deportes mecánicos, de los riesgos, de
los accidentes que alguna vez sufrió, de sus victorias , pero sobretodo,
de sus intenciones para con ella, serias y responsables.
Las interrumpió el timbre de la
puerta de calle, era justamente la persona motivo de la conversación,
Antonio, que quería hablar con Rosario. A ambas mujeres las recorrió un
pequeño temblor nervioso. Antonio quería solicitar autorización, a su
vecina, para realizar un trabajo en el muro común que separaba los patios
de ambas propiedades, a lo cual Rosario no puso objeción alguna.
Isabel se retiró a realizar otras
labores, mientras Rosario y Antonio se ponían de acuerdo cuando se podía
realizar el trabajo en el muro, acordaron que sería el fin de semana.
Después la conversación derivó a temas relativos al trabajo de cada uno y
a los problemas propios y comunes al vecindario de la plaza. En algún
momento Antonio comentó sobre las pinturas que adornaban el muro, Rosario
entusiasmada por este interés se explayo con lujo de detalles sobre su
hobby pictórico y no pudo evitar dirigir su mirada a los pies de Antonio.
Después de despedirse de
Rosario, Antonio estuvo un buen rato conversando en la puerta de calle con
Isabel, temas propios de los jóvenes enamorados.
El día viernes temprano, Rosario
recibió un llamado telefónico del padre de Isabel que le solicitaba
permiso para que ésta pudiera viajar, por unos días, a su casa en Rari,
para acompañar a sus hermanos menores, ya que su madre había quedado
hospitalizada en Linares, esperando su cuarto hijo. Solicitud a la que
Rosario accedió si poner objeción alguna. Luego se preocupó de que Isabel
se preparara y viajara lo mas pronto posible, le dio dinero para el viaje
y para que también llevara a su familia además de una caja con regalos
para sus hermanos.
Cuando salieron a la calle para
abordar un taxi que llevara a Isabel al terminal de buses, las vio Antonio
que estaba en la puerta de su taller. Con sus pasos cortos y lentos se
acercó a ellas y al enterarse de la situación y ver que no pasaba ningún
taxi disponible se ofreció para ir a dejar a su enamorada al terminal en
su motocicleta.
Rosario vio alejarse la
motocicleta con Isabel y sus bolsos, observando los colores llamativos de
las calcomanías adheridas en distintas partes de la blanca máquina, entre
ellas una cruz
El día sábado hubo poco movimiento
en el Centro, por lo tanto pasado el mediodía despachó a su personal y
quedó sola en su oficina observando tranquila su producción pictórica y
pensando que ya luego debería incrementarla, puesto que , hacía ya algún
tiempo que no se dedicaba a pintar.
Al poco rato la sobresaltó
el sonido del llamado en la puerta de calle, era Antonio que venía a
realizar el trabajo del que habían hablado días atrás. Rosario lo había
olvidado, titubeo, un temblor frío recorrió su espalda, estaba sola con el
hombre que mas de alguna vez, al observarlo por el ventanal, había
activado sus recuerdos y con ello habían despertado en ella los bríos, de
hembra, por años contenidos. Recordó también que ese hombre era el
pretendiente correspondido y aceptado por ella, de su
empleada-secretaria-hija y esto aplacó en parte aquellos pensamientos.
Abrió la puerta e hizo entrar a Antonio que con su caja de herramientas,
lentamente, atravesó el patio y con cierta dificultad trepó a un cajón que
adosó al muro, para poder alcanzar la altura requerida para el trabajo a
realizar.
Rosario volvió a su oficina a
tratar de ordenar sus papeles y sus pensamientos. Los papeles en las
gavetas del estante y los pensamientos en los vericuetos del espíritu. Se
acordó que tenía que ir a comprar ese medicamento que le ayudaba a
conciliar el sueño en esas noches, y esta podía ser una de ellas, en que
como tropel desenfrenado la invadían los recuerdos de sus pocas, pero
intensas, noches de pasión en aquellas playas tan lejanas. Mientras el
equipo de música lanzaba al aire la voz de Serrat cantando la canción que
para ella era un himno: Penélope. Pensó que era mejor esperar a que
Antonio termine su trabajo.
Cuando éste finalizó su tarea
prácticamente ya había oscurecido, recogió sus herramientas, se fue a
despedir, dar las gracias y pedir disculpas por las molestias causadas. Ya
en la calle Antonio observó que Rosario salía de su casa, cerraba la
puerta y se disponía a cruzar la calzada, al tiempo que miraba hacia el
extremo de la plaza donde está la farmacia, la cual ya se encontraba
cerrada, esto detuvo a Rosario, al parecer contrariada. Antonio se acercó
a ella y al enterarse de su problema y sintiéndose culpable por aquella
contrariedad le ofreció acompañarla a buscar otra farmacia , preguntándole
si tendría algún inconveniente para ir en la motocicleta.
De nuevo apareció el titubeo de
Rosario y el temblor que recorrió su cuerpo fue mucho mas intenso que el
anterior, pero al pensar lo larga que podría ser su noche y al ver la moto
incitante, recordó otra moto, aceptó el ofrecimiento y demasiado ágil para
sus bien conservados cuarenta y tantos trepó a la moto, que partió rauda
por las calles de Santiago en busca de un calmante de pasión.
También con ella treparon
aferrados a su espalda aquellos recuerdos de las playas y calles
donostiarras. Sintió un calor sofocante y esa velocidad que para las
calles santiaguinas era normal, para ella era extrema, por eso con abrazo
asfixiante se aferró a la cintura del hombre de Isabel, que poco a poco
iba sintiendo el calor de esta otra mujer, madura, pero ardiente y
desesperada que despertó rápidamente al macho codiciado de la plaza y
mientras él aceleraba e imprimía mayor velocidad al corcel mecánico, ella
intensificaba su abrazo y sus manos hurgaban y buscaban igual que treinta
años atrás.
Para Rosario ya no eran las calles
de Santiago, eran las de San Sebastián en aquel verano loco y sus labios
murmuraban:
¡Paco, Paco! ¡Haz vuelto mi vida!
¿Por qué tardaste tanto mi amor?
¡ No sabes cuánto te extrañé ¡
¡ Paco mi vida, por favor
volvamos a casa!
Sin saber cómo ni por dónde
volvieron a la plaza y esos viejos árboles fueron mudos testigos de esa
pasión endemoniada. Antonio, Paco, Antonio fue el primer hombre en cruzar
el vano de la puerta de aquella inexpugnable alcoba. Rosario no supo como
se despojó de toda su ropa, Antonio quiso sacarse sus zapatillas y su
pantalón, pero ella con toda esa sed reprimida por años no lo dejó, total
ello no impedía la consumación y el goce de aquella pasión en su cuerpo,
por años, acumulada.
Fueron horas de cuerpos apretados,
de respiración jadeante, de murmullos insinuantes, de quejidos
placenteros, de piel quemante, de besos ardientes, de imaginación
galopante y éxtasis sin límites.
Antonio fue Paco, aquel que tanto
añoraba en sus insomnes e interminables noches, su ardiente primo vasco
había regresado.
En el equipo de música aún se
escuchaba a Serrat entonando la última estrofa de Penélope.
Poco a poco el sueño se apoderó de
los cuerpos exhaustos y el espíritu complacido de aquellos amantes.
Junto con los primeros rayos del
sol dominical Rosario abre sus ojos y observa al magnífico hombre que
duerme a su lado, en su cama, que ahora sabe del amor entre un hombre y
una mujer. Es Antonio. Sí, es Antonio, el codiciado Adonis de la plaza, el
amante pretendiente de Isabel.
Ya no se escucha a Serrat, Paco
tampoco esta por ningún lado, quizás se fueron juntos. No importa, se
fueron. Ahora es Antonio quien satisfará sus noches, aunque éste no lo
sepa y enamorado duerma entre los brazos de Isabel.
Al recorrer con su vista y sus
manos el hermoso cuerpo varonil, del primer hombre en su cama, observa que
ha pesar de la ardiente noche de pasión, éste todavía conserva su pantalón
y su slip enredados en las piernas y en sus pies, que aún conservan las
zapatillas.
Esto despierta en Rosario, su otra
pasión, y de un salto con su excelente madurez desnuda, corre a preparar
su atril, un bastidor con tela, pinceles y la paleta de colores, va a
pintar su gran obra de arte a la que simplemente llamará: “Los pies de
Antonio”.
Desata nerviosa los cordones, con
manos temblorosas los suelta bien para poder sacar de un solo movimiento
ropa y zapatillas y deleitar su mirada con los pies mas hermosos del
mundo.....
A esa hora de la mañana , día
domingo, solo las palomas y gorriones habitan la desierta plaza.
En el Centro Médico hacen turnos
los días domingo, hoy le toca a Francisco, el cual ya llegó y tranquilo
sentado en su consulta lee el periódico y toma una taza de café....
El grito de la mujer fue
desgarrador; los viejos árboles se sacudieron desde sus raíces, una nube
de palomas y gorriones oscureció la plaza; Francisco derramó su taza de
café. La moto hizo tronar su motor, terminando por romper la quietud de la
mañana y partió rauda, cual centella, con su conductor envuelto en una
sábana blanca que no alcanzaba a cubrir sus extremidades inferiores, las
cuales terminaban en dos brillantes prótesis metálicas que nacían bajo sus
rodillas.
Pasó como un bólido frente al
Centro Médico. Francisco, en la puerta, observó estupefacto, a pesar de la
velocidad, la Cruz de Malta pintada de azul en la parte posterior de la
blanca motocicleta.
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de visitas
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