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Bigotes en los pies
Vicente
Herrera Márquez
Las personas viven y son grandes mientras alguien tiene,
aunque sea un pequeño recuerdo, en un pequeño rincón de una página de su
libro de memorias, por más pequeño que éste sea.
¿Bigotes en los pies? La persona que lea estas líneas pensará: ¿Que es eso
de bigotes en los pies?
Bueno, lo voy a explicar: sucede que... no, mejor al final, puesto que
este título y esta introducción solo son pretexto para hablar de una
persona muy especial (entre otras) que estuvo presente en mis años de
enseñanza primaria, desde primero inferior hasta sexto grado en la Escuela
Nacional Nº 3, en la entonces Colonia Las Heras, de la entonces
Gobernación Militar de Comodoro Rivadavia en la Patagonia de la República
Argentina.
Hoy EGB nº 3, de la ciudad de Las Heras, de la provincia de Santa Cruz en
la misma Patagonia y el mismo país.
La persona a la que me refiero fue maestra y directora de aquella escuela,
no se cuando ni de donde llegó, tampoco le conocí familia, lo que sí se,
es que siempre estuvo allí y estuvo presente en todos mis días de clases
durante siete años y también en algunas noches de vigilia esperando la
reprimenda del día siguiente por no haber cumplido una tarea, una
solicitud o una orden de la Srta. Julia.
Infundía orden, respeto y también temor, siempre seria, en mis recuerdos
no esta su sonrisa pero sí sus labios, sus labios rojos, hoy yo diría que
sus labios eran un beso.
No era bella ni muy joven, como lo eran la Srta. Beatriz, la Srta. Carmen
o la Srta. Ana María, pero sus labios rojos y su pelo recogido en un moño, le daban un encanto especial a la Srta. Julia.
Recuerdo muy bien que las otras maestras, las mas bonitas, todas fueron
mis amores platónicos y están en el capitulo “Amores y Romances de mi
vida” en el libro de mis recuerdos, en cambio la Srta. Julia esta en el
capitulo “Mujeres de mi vida”.
Beatriz, Carmen, Ana María, otras maestras y otros maestros me enseñaron a
jugar a la pelota y a la ronda con el abecedario y los números, me
enseñaron a pronunciar las palabras y a poner el acento en el justo lugar,
me enseñaron a plantar un árbol en el patio, a preparar la tierra para
sembrar lechugas y zanahorias en el huerto y a cultivar una flor en el
jardín.
En cambio ella, la Srta. Julia, me enseño todo aquello y algo más. Me
enseño a cumplir mis obligaciones, a realizar las tareas, a escuchar y a
ocupar el vocabulario y era ella la que me abría la biblioteca para que
entrara a leer y permitía que llevara libros para que los leyera en la
casa y siempre me incitaba a seguir leyendo, leí casi todos los libros de
aquella biblioteca.
También me hacía callar en la fila y en el aula, me mandaba a lavarme las
manos y a limpiarme las uñas, una vez delante de todos los alumnos me
mando a lavarme los pies, creo que ese día me puse tan rojo como sus
labios.
Siempre me acuerdo del día que muy seria me dijo: Herrera, mañana no lo
quiero ver con esos bigotes, o los corta o dígale a su padre que le
compre otro par de alpargatas.
Valgan estas pocas líneas en su recuerdo, de un alumno que no fue el
escritor que Ud. hubiera esperado que fuera : Srta. Julia del Carmen
Gómez.
Incluido en libro: Crónicas al Viento
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