El desfile
Vicente Herrera Márquez
A pesar del frío, el día estaba radiante. La plaza del pueblo estaba
adornada por banderas y guirnaldas con los colores del emblema patrio. Los
sones marciales de una banda militar se transmitían hasta los últimos
rincones del pueblo. Los vecinos vestidos con sus mejores atuendos y
portando en su pecho la escarapela, con los colores patrios, repletaban la
plaza para presenciar el desfile cívico, como todos los años lo hacían
para celebrar el Día de la Independencia.
Desfilaba un destacamento militar venido de otro pueblo; una veintena de
vecinos que lucían su birrete de Reservistas; delegaciones de dos clubes
deportivos; empleados municipales y estatales; policías y bomberos.
Cerraba el desfile una blanca columna, era la más numerosa, de alrededor
de ciento cincuenta niños.
Estos niños eran los alumnos de la Escuela Nº 3, única escuela del pequeño
pueblo, perdido en la inmensidad de la estepa patagónica, en la década del
cincuenta, de los años mil novecientos.
Encabezaba la blanca columna la directora del plantel, la seguía el
abanderado con sus escoltas y más atrás cada curso con su maestro o
maestra, desde primero inferior hasta sexto grado. Todos los niños y niñas
lucían orgullosos su albo delantal, los varones camisa blanca, corbata y
peinados a la gomina; las niñas llevaban su pelo amarrado con una cinta
que lucía los colores de la bandera.
Entre
los alumnos del sexto marchaba uno, de pelo rubio y ojos claros, que
trataba de esconderse entre los compañeros y parecía que quería
minimizarse para pasar desapercibido, a la vez que miraba nervioso hacia
los vecinos que observaban el desfile. ¿Qué lo impulsaba a actuar de esa
manera? Era su guardapolvo, le quedaba corto y estrecho y no lucía el
mismo blanco que tenían los demás, estaba más bien percudido y arrugado.
Cuando pasaron frente a las autoridades se sonrojó y avergonzado miró para
otro lado.
Al compás del bombo de la banda militar el abanderado del colegio realizó
un elegante giro, miró de frente a las autoridades y sostuvo con firmeza
la bandera que portaba con orgullo, luciendo con gallardía su elegante,
almidonado y blanco guardapolvo, el que hacia resaltar su negro pelo y el
moreno rostro, en el que brillaba una radiante sonrisa. Mientras pensaba:
que a pesar de que era extranjero, de pequeño había llegado con su familia
cruzando la cordillera, sentía orgullo de portar la bandera de aquel país.
Además orgullo por ser el mejor alumno de la escuela, razón por la cual
era el portaestandarte, y más aún cuando escuchó el fuerte aplauso, con
que el público coronó el paso de su bandera.
Cuando terminó el desfile y los vecinos, las autoridades y compañeros se
retiraban, el niño rubio de sexto, que trataba de minimizarse durante el
paso frente a las autoridades, se acercó desafiante al bizarro abanderado,
con ansias de asestar un fuerte golpe de puño en aquel rostro moreno y
sonriente.
Ambos se miraron desafiantes, dispuestos a pelear, después de unos
minutos, bajaron la guardia, sonrieron y se fundieron en un apretado
abrazo.
Que culpa tenían ellos de las ideas y decisiones de sus maestros.
Hicieron intercambio de guardapolvos, se despidieron con un: mañana nos
vemos y cada uno se dirigió a su casa. El abanderado a una pequeña y
humilde casita en las afueras del pueblo y el rubio de ojos claros a la
suya, ubicada en la calle principal, al lado de la gran tienda de su
padre, un prospero inmigrante llegado de un país del Medio Oriente.